El chef Edwin Vinke capitanea los fogones de este restaurante palaciego que ofrece un menú de delicias ibicencas en su tercera temporada. Edwin apuesta por la defensa de los productos locales. Sabe que la geografía, el clima y las tradiciones marcan el carácter de cada cocina: allá donde va, cocina lo que la tierra y el mar le ofrecen, creando menús únicos. Quien los prueba, conecta con el entorno a través del paladar. Los ganaderos, agricultores y pescadores que abastecen al restaurante son ibicencos. Un viaje fascinante en busca de la sostenibilidad y la autenticidad.
El chef Edwin Vinke capitanea los fogones de este restaurante palaciego que ofrece un menú de delicias ibicencas en su segunda temporada. Edwin apuesta por la defensa de los productos locales. Sabe que la geografía, el clima y las tradiciones marcan el carácter de cada cocina: allá donde va, cocina lo que la tierra y el mar le ofrecen, creando menús únicos. Quien los prueba, conecta con el entorno a través del paladar. Los ganaderos, agricultores y pescadores que abastecen al restaurante son ibicencos. Un viaje fascinante en busca de la sostenibilidad y la autenticidad.
Los sibaritas que reserven mesa en 1742 bajarán a las entrañas del restaurante para empezar su experiencia gastronómica. Lo primero que verán será una barrica decorada por la escultura de una mujer que mordisquea una parra, enviada por Valduero desde la Ribera castellana. Siguiendo la lógica de la tradición, la frescura de la cripta se ha aprovechado para instalar la bodega y conservar unos vinos espectaculares. Algunos, como un Château Margaux del 76, traídos de uno de los mejores viñedos de Burdeos.
Los sibaritas que reserven mesa en 1742 bajarán a las entrañas del restaurante para empezar su experiencia gastronómica. Lo primero que verán será una barrica decorada por la escultura de una mujer que mordisquea una parra, enviada por Valduero desde la Ribera castellana. Siguiendo la lógica de la tradición, la frescura de la cripta se ha aprovechado para instalar la bodega y conservar unos vinos espectaculares. Algunos, como un Château Margaux del 76, traídos de uno de los mejores viñedos de Burdeos.
Después de catar y elegir la botella, los clientes ascenderán a la terraza con las mejores vistas de Ibiza. Un mayordomo de modales venecianos y guanteblanco será su cicerone. Con el campanario de la catedral como vigía, Edwin Vinke les ofrecerá seis aperitivos para empezar a excitar el paladar.
El menú, inspirado en productos de kilómetro cero como el esturión o el pollo de granja, continuará en el comedor del palacio. La iluminación y las proyecciones audiovisuales crearán la atmósfera precisa para viajar a los años 20. Será sencillo volver a los tiempos de ritmos prohibidos, elegancia y rebeldía animados por las melodías de los músicos en vivo o los bailarines que actuarán durante la cena. Una hora y cuarenta minutos de fantasía que elevará los sentidos.

EDWIN VINKE

Una experiencia para el paladar con la firma del chef neerlandés, acreedor de dos estrellas Michelin en De Kromme Watergang, el restaurante que posee al sur de Países Bajos.
Con el postre en la mano (y la botella en la otra), las parejas o grupos de amigos podrán volver a la azotea de 1742 para embriagarse con la calma de la ciudad amurallada. Si en vez de apurar sorbos y cucharadas admirando el Patrimonio Mundial de la Humanidad, prefieren una guinda más animada, sus pasos los conducirán hasta uno de los secretos mejor guardados de 1742. El edificio cuenta con un pequeño y coqueto club. El espacio, que cuenta con barra propia, se habilitó para que los afortunados que disfruten cada noche de la cena, puedan darse el lujo de degustar tranquilamente una última copa. Tragos de seda líquida de una carta de coctelería refinada, especialmente diseñada para la ocasión, servirán para ponerle la guinda a una de esas veladas para nunca olvidar.
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